jueves, noviembre 30, 2006

Jerónimo

(Jerónimo, dándole una vuelta a Rolinel)
Otro personaje de nuestro pueblo es Jerónimo. De manera muy peculiar, incluso llegando a ser folclórica, eleva sus brazos en su caminar como si estuviera en un desfile militar y acertadamente comentan los muchachos: “Mira, parece que viniera bajando de un cerro muy inclinao”.
En Cocorote al morir una persona se observa - como en la mayoría de los pueblos venezolanos-cómo llegan al lugar del velorio, coronas de flores que son enviadas por deudos, familiares y amigos, lo que razonadamente expresa el sentimiento recóndito en el corazón de cada uno por aquellos que ya no tenemos a nuestro lado, que expresa la palabra no del adiós sino la de un hasta luego y que llegado el momento de la salida hacia su última morada, son colocadas unas en el vehiculo de la funeraria y otras en manos de amigos dando paso a la salida del féretro en hombros de sus más íntimos.
Cuando esto sucede, Jerónimo suele acompañar a los difuntos colocándose delante del vehiculo de la funeraria, coordinando el tráfico que viene de frente a la marcha fúnebre evitando que estos prosigan con su paso ya que, por lo general, la marcha abarca el ancho de la calle. Vale destacar que, si bien es cierto que nadie le solicita a Jerónimo realizar esta labor, no es menos cierto que con sus señas, cuál fiscal de tránsito, contribuye a que los difuntos lleguen a su morada final sin contratiempos. Muchísimas gracias Jerónimo por tu gesto, que dentro de la inocencia que acompaña tus días, te muestras con interés en prestar tu mejor disposición para que algunos marchen a su última morada sin problemas en la vía.

miércoles, noviembre 29, 2006

Susana

Cuantas cosas te quedé debiendo…
Me levantabas temprano para que te acompañara a hacer las compras en el mercado municipal de Puerto Cabello, ese que siempre olía a comino recién molido y a matica de ruda, aquella que se colocaban los vendedores en la oreja para alejar la “pava”. Que vaina tan loca, el haber tumbado ese antiguo "zoco" porteño de envergadura colonial, para dar paso al centro dizque comercial La Marina. (en Europa los hubieran fusilado)
En oportunidades me comprabas un vaso de cebada que sabia a gloria, pero fueron muy pocas las veces ya que esa vaina de estar tragando en la calle no era de tu agrado.
Antes de irme a estudiar a Cocorote, me llevabas agarrado de la mano a una escuela en donde las maestras eran unas señoritas que vivían en la calle Mariño, entre Bolívar y Plaza, cerca de María Millán; apenas tenía tres años, pero la tenaz audacia y el rigor de sus castigos que incluían la penitencia de llevar a los niños a una solitaria cocina con la luz apagada, hicieron que la magia de la lectura apareciera en esa época para el disfrute tuyo.
Cuando me llevabas a que Mercedes Domeche -con su vieja nevera de kerosen- me ponías a leer en voz alta los periódicos que ella arrumaba en la sala. No me gustaban las visitas a esa casa, en comparación a la de Agustina, desde la que se podía ver el mar montándose en unos cimientos pegados a la pared del patio, el cual daba a la playa…
Mientras escribo esto, evoco el olor a guayabas, al loro que insistentemente llamaba a Laura y a tu dura mirada de "ni se te ocurra moverte" que me mantenía atado a la silla hasta que Agustina nos daba permiso a Anisis y a mí para ver el mar.
El traqueteo de tu maquina de coser me despertaba cuando ya estaban por estar a punto las caraotas endulzadas por el trozo de papelón que le echabas y aquel pollo con papas inigualable. En aquella gigantesca casa Nº 82 de techos rojos, tan alta que sus techos parecían infinitos, fuimos participes de una feroz disciplina que, incluía la puerta trancada y la mínima cantidad de visitantes (ni siquiera recuerdo las visitas de tus hermanas a la casa de la Urdaneta) eras tú la que nos llevaba a visitarlas a ellas. Mi Tía Beatriz era la que más me gustaba, ya que poseía innumerables reliquias y recuerdos a la vista de sus magnificas vitrinas. Alli estaban aquellos carritos antiguos que tanto me gustaban…
No obstante, siempre fui dueño de innumerables juguetes valiosos. Me los regalabas a expensa de jugar loterías (con los datos de la caricatura panchita) a que Panaleón, tratando de alargar tu plata bien ganada en la costura, trabajo impecable que luego entregabas en La Chaparrita y en La Elegante.
Recuerdo un extraordinario autobús marca Mercedes Benz a control como de un metro de largo, que lo ganaste en el callejón de Alberto (al que siempre le llevastes café con leche en la mañana), al lado del restaurant Milano; era sencillamente lo más fabuloso que podía poseer un niño..
Escasamente puedo recordar cariños como besos y abrazos de tu parte, -no estabas acostumbrada-; sin embargo, no recuerdo haberte encontrado dormida ni siquiera cuando ya había entrado a la Universidad y llegaba de Valencia a las 11 de la noche. Ahí estabas, esperándome siempre para decirme lo que me habías guardado de comer.
Un enorme argot de dichos y refranes mantengo en mi memoria para clasificar a la gente: María si dejaban la comida. José Domeche, cuando alguien no quería comer algo y de repente cambiaba de parecer. El señor Ramón y la señorita Pepe cuando alguien preguntaba mucho; si alguien se presentaba de improviso y no te gustaba comentabas quedamente "se jodieron mis numeritos" y si cualquiera te molestaba por algo cuando estabas por entregar una costura le decias que no te molestaran porque estabas "atrafalgada" y "cuidado Lastenia" si alguien se tropezaba con algo.
Alguna vez te dije que los muchachos me echaban broma porque me llevabas al cuarto grado agarrado de la mano, - aquella manía tuya de tus enemigos numero 1: los vehículos y el Nº 2: las pelotas - Ya luego me llevabas, pero me soltabas al llegar a la Unidad Sanitaria de Puerto Cabello, y te quedabas paradita al frente de la escuela Juan José Flores para decirme que si al salir no te veia, entonces que te esperara, que vendrías en camino.
Eras capaz de rodear una cuadra cuando veías que en alguna calle estaban jugando pelotica de goma y la cuestión era de verdad, apenas te proponias a pasar evitando el juego y zuassss, te pegaban la pelota (que según tú te perseguian), era entonces cuando se las quitabas a los chamos (y no para darmela a mi) y la botabas a la basura sin ninguna contemplación.
No creas que te olvidé, en muchos de mis sueños estás presente para decirme que no te gusta tu segundo nombre, ni que te llamen abuela.

lunes, noviembre 27, 2006

Morocotas de oro en Cocorote



Ante la demolición de la casa del difunto Joaquín ubicada en Cocorote frente a mamá Pera y el posible desenlace del manuscrito escrito por el comerciante Mauro Jelambi hace más de 100 años, cito a continuación lo que pudiera ser “la crónica de un desentierro anunciado”, a partir de su publicación por Yaracuy al Día, hace exactamente dos años...
La historia comienza cuando el conocido cocoroteño Juan Pérez - del cual ya les comenté-, hace como dos años atrás me lo consigo en la Panadería cerca de la plaza y me confiesa que en su poder se encuentra un libro de muchos años de antigüedad, heredado de su madre: Ana Eustacia Pérez, ya que ella lo mantuvo guardado en uno de esos pesados baúles que normalmente poseían las familias para resguardar sus mejores objetos.
Juan, le pregunte: - Que vas a hacer con ese libro, ¿porque no me lo prestas, y cuando termine de leerlo te lo devuelvo.- El me respondió, bueno, pero primero me regalas unos biscochos salados que tengo hambre. – claro - le respondí- y seguidamente de darle los panes lo acompañe hasta el sitio en donde tenía guardado el libro.
Este libro era realmente un manuscrito que databa de los primeros años del siglo pasado, utilizado en su mayoría para realizar asientos de compra y ventas de mercancías tales como tabaco y maní. Pero en la última página escrita, se relata la historia de un asalto que sufrió el dueño del libro, de nombre Mauro Jelambi junto a dos de sus peones de confianza en los alrededores de un comercio que estaba situado en donde hoy día se encuentra el jardín de infancia Mamá Pera y que, para aquel entonces era denominado El Dancing; especie de Bar y prostíbulo que para colmo de males era de las ultimas casas de la población por el lado del río San Jerónimo, razón por la cual daba la bienvenida a los visitantes y transeúntes provenientes de Occidente por intermedio de la antigua carretera Panamericana, la actual calle Bolívar de Cocorote (no existía la panamericana actual).
De acuerdo a fuentes confiables, durante aquellos años existía una anarquía total en la población. Se comenta que los asesinatos suscitados en la cuadra del Dancing eran recurrentes. El relato escrito comenta como el comerciante llegó a Cocorote en una noche brumosa y fría por la lluvia constante, al tiempo que era advertido por un poblador que, iba a ser despojado de sus mercancías y del dinero que traía consigo y por esta razón mando a uno de sus peones a enterrar en plena lluvia, una cantidad considerable de morocotas, monedas de oro que normalmente se utilizaban para hacer negocios.
El comerciante en las primeras de cambio pudo hacer frente a la situación valiéndose de un arma de fuego que poseía, sin embargo salió mal herido y en medio de la trampa realizada por el grupo de bandidos, el peón pudo realizar la labor encomendada dado que en medio de las bestias de carga que habían en el lugar, así como también por el hecho de la prontitud con que fue advertido el comerciante, paso desapercibido pero luego, al empeorarse la situación (una vez que hizo el entierro) salió a socorrer a su jefe con tan mala suerte que una bala certera disparada por los malhechores acabo con su vida.
La reyerta prácticamente terminó con este episodio, al final el señor y el otro peón fueron socorridos por algunos pobladores que rápidamente le hicieron los primeros auxilios mientras pudieran ser tratados por un medico. Uno de los samaritanos que ayudo al comerciante se llamaba Susana Pérez - partera de oficio - que de acuerdo a los pobladores cocoroteños a los que acudí para corroborar el manuscrito, era la abuela de Juan, razón por la cual este libro se mantuvo en el seno de esta familia.
A los pocos días de este episodio y sabiendo el comerciante que muy poco le quedaba de vida por las heridas causadas en aquella maléfica noche, ayudado por el otro peón que le acompañaba, hizo que lo llevaran al sitio en donde estaba situado en el día de su infortunio. A duras penas se sentó en lo que quedaba de una columna o vestigio de una antigua casa que existió al lado izquierdo del Dancing (luego de pasar la acequia), y desde allí pudo recordar lo que había acontecido, observando que el lugar donde el estaba situado aquella noche, estaba en línea recta con una mata de jobo (Spondias mombin) que se encontraba al oeste de ese lugar hacia el camino del río, a ciento veinte pasos del vestigio donde se encontraba el Sr. Mauro Jelambi y que por lo expuesto en el libro, este era el antiguo lindero de la Calle Real, un poco más hacia dentro de donde se encuentra actualmente.
Es de hacer notar que por la escritura dejada en el libro mencionado, este señor poseía grandes y variados conocimientos, pues desde este punto donde se encontraba, percibió que desde los ruinas donde estaba sentado hasta el sitio del entierro, se generaba uno de los ángulos pertenecientes a un triangulo rectángulo, donde la hipotenusa era alrededor de 30 pasos hacia el sur, y hacia el este, luego de pasar la antigua acequia cocoroteña, frente al prostibulo, se conformaba el ángulo recto, a 15 pasos de la columna por lo que el cateto resultante era de casi 26 pasos hacia el sur, (25,98 para ser algo más preciso).
Tratando de obtener una posición exacta del lugar que mencionaba el escrito, y recordando que unos años atrás existía a un lado de la entrada de la Escuela León Trujillo una mata de jobo, del cual se decía que sus frutos generaban fiebre cuando se comía en exceso, comencé a caminar contando los 120 pasos que se señalaban, y al terminar de contar, me di cuenta que los vestigios estarían en predios de la antigua hielera de Los Tortolani, a unos pocos metros donde se venden los perros calientes de Freddy y realizando un análisis mental, observé que el entierro estaría ubicado de acuerdo a los datos, en un terreno propiedad del finado Joaquín en un lugar cercano a una casa en ruinas en donde funcionaba una panadería, al lado de la Acequia y frente al jardín de infancia mama Pera.
Solamente falta relatar la parte final del manuscrito: el señor Mauro Jelambi, deja constancia de la cantidad de dinero que llevaba en aquella noche siniestra: 2.756 morocotas de oro, envueltas en un talego de cuero trabajado donde están las iniciales MJ, que está dentro de una pimpina de barro cocido. Asimismo, y ante la posibilidad de no poder desenterrarlas, realizó un conjuro de magia negra, estableciendo que si el o sus familiares no llegaban a buscar el manuscrito el cual quedó en posesión de la partera, los que se atrevieran a buscarlo pagarían con una muerte horrible. Este hechizo duraría cien años y al cumplirse el siglo, se verá el anima en pena del peón asesinado, descansando de su largo cuidado mediante la aparición de una llamarada azul.
Se comenta que el comerciante acompañado de su peón y con sus mulas se despidieron tomando camino hacia Barquisimeto, pensando en volver cuando se alentaran aún cuando jamás se le volvieron a ver.
La fecha de todos estos acontecimientos fue el dos de noviembre de 1904, por lo tanto el maleficio culminó hace dos (02) años atrás

Al despejar los escombros de la casa del difunto Joaquín, está por verse si la llamarada azul hace su anuncio. Obviamente que Freddy Tortolani desde su trailer de perros calientes está en una posición privilegiada.

Tumbaron la casa de Joaquin en Cocorote


Para agrandar la calzada del puente de la acequia de Cocorote, a la altura de la calle Bolivar, se tuvo que demoler la casita donde vivia el finado Joaquin, justo al frente de mamá Pera.
Esta casita sufrió por largos años, la agonia de ver cimbrada su estructura ya que Joaquin registró sus cimientos en búsqueda de un entierro (tesoro) que jamás llegó a descubrir.
Hoy vemos como cada uno de los bloques que pertenecia a la casa, yacen hecho añicos y si algo existia en el subsuelo, es muy posible que con la ayuda de las maquinarias que se han desplazado hacia el lugar para dar paso a la nueva construcción, se deshaga el hechizo que hoy sobrepasa los 100 años. (continuará)

domingo, noviembre 26, 2006

Los Romero

Una de las familias de Banco Obrero a la que era asiduo visitante cuando niño era la de los Romero, todo por la sencilla razón de ser fiel amigo de Jhonny, José y Julio además de sus sobrinas Moty y Seleni, quienes eran hijas de su hermano mayor Rafael.
Había olores en esta casa que no se encontraban en otras, puesto que la mamá de los muchachos -la señora Goya- cocinaba en una hornilla de Kerosen, más por costumbre que por necesidad y siempre estaba dispuesto un cafecito con mucho sabor a hogar.
Una de las primeras plantas Pioneer de música que conocí la tuvieron estos muchachos en Cocorote, por cierto que sonaba excelente y se disfrutaba de buena música con los viejos discos de acetato. (Hoy día lo conservan con mayor énfasis). Rafael, Luís y Miguelito, al igual que María Emilia, un tanto mayores que los citados arriba, disfrutaron de esos locos años musicales de finales de los 60 y comienzo de los 70: Bee Gees, The Beatles y Janis Joplin
Recuerdo que cada cierto tiempo llegaba la abuela de los muchachos y estos, un tanto para que se sintiera en casa, le construían una especie de ranchito en el patio a la sombra de un mamón macho que hacia mucho más fresca la tarde que en las casas construidas con techos de acerolit.
Una vez jugando béisbol con ellos en el estadio Natalio Espinoza, fui a recoger una línea conectada por José hacia el left fielder, sin embargo el terreno de este estadio se caracterizaba por no ser muy regular y la pelota luego de golpear contra una piedra, fue a darme justo en el ojo derecho, el cual se cerró por completo.
Coño, el miedo que le agarre a la pelota después de eso fue bestial. Por más que intentaba cortar los rollings, se me escapaban con frecuencia ya que con sólo escuchar el swing de la pelota al acercarse, hacia que instintivamente alejase la cara. Deduzco que a muchos criollitos en infantil les pasa lo mismo, pero yo no dije nada y hasta allí llegó mi corta carrera en el béisbol.

jueves, noviembre 23, 2006

Carlos La Lora


Hace uno cuantos años atrás, Carlitos López sin nada que hacer andaba jodiendo el parque por los lados de la casa de los panameños. Esta casa está en la segunda plazoleta de Banco Obrero y en ella reside hoy día la señora Silvestre y Franklin la “seca”.
Resulta que Carlos decidió en aquella oportunidad, irse para su casa el cual queda al frente de la misma y, al retirarse, uno de los panameños observó la manera como Carlos caminaba y señalo para la eternidad – uuuuuy mirá, Carlos camina como una lora – escuchando Carlos el comentario se enfureció y empezó a tirarle piedra a la casa. El mal estaba hecho, a más de cuarenta años de aquella escena, hoy el señor Carlos es famosamente conocido como “Carlos La Lora”…..
Al tiempo, estaba una tarde “Carlos La Lora” jugando en las matas de mango de Banco Obrero, cuando decidió subirse a las mismas para comer de aquellas frutas. Sin embargo, apenas se subía resbaló, con tan mala suerte que en su viaje hacia el suelo se encontró con una de las ramas que lo golpeó en el estómago, cayendo al final tendido y sin aliento por el duro golpe.
La única persona mayor que se encontraba por todo aquello era Benardino Rivas, quien para aquel entonces fungía como Prefecto de Cocorote y entre una de las cosas que detestaba y no dejaba que ocurriera era precisamente que los muchachos se montaran en las matas de mango.
Al verlo caer, Benardino corrió hacia el adolorido Carlos quien yacía en el suelo sin aire y se comenta que apenas estuvo a su lado, los otros niños que trataban de auxiliarlo escucharon al prefecto decirle: - ¿Lora, cómo que te fallaron las alas??? – je je…Gracias a Dios salió de ese percance y hoy día seguimos contando con su presencia.

miércoles, noviembre 22, 2006

Refranes de mi pueblo

Cuando una persona es muy caminadora; es decir, le gusta mucho andar en la calle se le dice: "camina más que la cochina de Martín Garrido".

Resulta que esta cochina era de Guama y se comenta que a veces se perdía a caminar allende a la carretera panamericana rumbo a San Felipe, una guará.....

Otro refrán que tiene igual significado es: le gusta mas la calle que la guacamaya de Regino...

Esta guacamaya, pertenecía a un conocido cocoroteño que a pesar de los cuidados que le profesaba al ave, se le escapó una vez que le crecieron las alas y andaba por todo el pueblo haciendo la bulla pareja. Así pues la encontraban en La Playita, por el río San Jerónimo, en Matapalo y pare usted de contar….

domingo, noviembre 19, 2006

Pan nuestro de cada día

Ayer, por razones de trabajo estuve en un área rural entre La Lagunita y La Mona, en la vía Campo de Carabobo – Nirgua. Llegada la noche, Zerpa Casullo y mi persona tomamos esta misma vía para regresar a San Felipe y la verdad es que cómo hacía tiempo que no transitábamos en la noche por esa vía (normalmente utilizamos la carretera de la costa: San Felipe – Morón) veníamos un tanto alerta por la lluvia que caía así como también por la peligrosidad de la carretera: una cantidad de curvas peligrosísimas que la convierten en una guillotina con un poquito de agua. En efecto, nos conseguimos con dos accidentes viales de los cuales, uno fue trágico ya que el conductor perdió la vida en el mismo, y su cuerpo yacía tendido junto al automóvil.

Poco se puede hacer en esta vía para evitar accidentes a menos que se disminuya la velocidad a los límites que indican las vallas….

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Las lluvias caídas durante estos días en territorio yaracuyano, han traído como consecuencia que no haya servicio de agua potable en Cocorote por quinto día consecutivo.
Por enésima vez, las tuberías de agua se llenan de aire motivado a que la creciente del río San Jerónimo arrasa con el dique toma cuantas veces quiere. A mi juicio, se requiere de una obra de ingeniería de alto diseño, en la que se pueda seguir utilizando el río como fuente y por otro lado se contenga el arrastre de minerales.
Los primeros responsables han sido aquellos que pensando sólo en su beneficio, han talado como les viene en gana el macizo aroeño pese a las disposiciones especiales que esta área mantiene, por ser un ABRAE. Y mientras tanto la Ley Penal del Ambiente no hay quien la aplique o se hacen los Juan Pérez…

viernes, noviembre 17, 2006

Juan Pérez el cocoroteño


Cuando a una persona cualquiera lo llaman Juan Pérez en Cocorote, es que se hace el pendejo.
La verdad es que Juan Agustin padeció de muy pequeño los ataques de epilepsia, situación que con el paso de los años ha cedido, pero dejó la secuela de una mente no muy brillante.
Tuvo Juan una juventud sin estudios y por lo tanto no sabe leer ni escribir. Sin embargo, es capaz de realizar mandados recordando las imágenes de los empaques: - anda Juan a la bodega y tráeme una caja de maizina, decía Tata- a lo que el respondía: - la que tiene el zamurito???.
Igual condición concibe cuando de chimo se trata: el perolito que tiene un tigrito y así pare de contar.
Cuando joven, su enorme fuerza física y actitud tranquila, lo convertían en caletero por excelencia de los comerciantes cocoroteños que trabajaban con camiones, como el Señor Herrera, Omarcito Jiménez, entre otros. Las anécdotas más conocidas de él son precisamente de este periodo, el cual iré escribiendo en la medida que me acuerde de ellas:
A propósito, el relator de estos cuentos era “Flor del mundo” de quien les contare igualmente en otras entregas.
Se comenta que una vez a Juan lo llevaron al antiguo mercado de Barquisimeto como ayudante. Cuando llegaron en la madrugada, el conductor le dice que se baje y que le indique para estacionarse en retroceso. Juan le decía insistentemente -dale, dale más, otro poquito – hasta que el chofer sintió que con la lima del camión, (vigas centrales de la plataforma) había atravesado limpiamente el capó del vehiculo que estaba estacionado detrás. – Coño Juan, no te dije que me avisaras? – y Juan le contestó – bueno eso fue lo que hice, ya chocaste –
El chofer para evitar pagar el choque, se estacionó más adelante indicándole a Juan que se quedara cuidando la mercancía mientras el la iba a negociar.
Esperando junto al camión, contemplaba Juan como una persona se lamentaba del daño que le habían propinado a su vehiculo, por lo que se le acercó para confesarle que – ese fue mi amigo Rarreo, (Herrera en su jerga) pero fue sin culpa- ahhh, ya vamos a esperar a su amigo para que me pague el choque, le respondió el otro chofer…
En efecto, se tuvo que negociar la carga para luego cancelarle el choque al dueño del vehiculo siniestrado, mientras el jefe de Juan murmuraba – no sé cómo se va a ir Juan para Cocorote, porque en mi vaina no se va a montar.
Juan adivinando un tanto la rabia de su jefe, (ahí le viene lo de hecho el pendejo) decidió montarse sin ser visto por nadie en la parte trasera del camión y de ñapa (propina) se tiro encima el encerado (lona encerada) para evitar que lo descubrieran.
Al llegar a Cocorote, el chofer aseguraba – no se como carajo se irá a venir el loco ese de Barquisimeto, por su culpa perdí el día – respondiendo Juan al acto – es que yo estoy aquí!!!! – quedando el primero perplejo por la astucia del que hasta entonces creía tonto.
Otro de los cuentos fue el que lo mandaron a quitarles los retoños a unas papas (patatas) que tenían algún tiempo en un saco sin poderlas vender. A la mañana siguiente, en el mercado de San Felipe, alguien requirió papas y por ello mandaron a Juan a buscarlas al camión – Anda Juan, a buscar dos sacos de papas – ¿Cuáles?- inquirió Juan frente al comprador - ¿de la que le quitamos las maticas???... hasta allí llegó el negocio porque el comerciante no quiso recibir las papas viejas.

Para finalizar por hoy, basta decir que por largos años fue el “criado” de los Salcedos, reconocido hogar cocoroteño del que siempre ha sido fiel visitante al igual que los Colmenares.

miércoles, noviembre 15, 2006

ARC

Cada vez que tengo que transitar por la Autopista Regional del Centro, me acuerdo de Marisela, la hija de la dañera en Doña Barbara cuando esta le contesta a Santos:- guaa, dejeme entonces dilme pa mi monte- y eso es lo da ganas, arrancar para atrás y no dejarse ver en el "eje industrial venezolano" que abarca desde Puerto Cabello hasta Las Tejerías.
Obviamente que el auge automotriz que vive el país esta llevando esto al límite: nuestras pobres autopistas de dos canales son insuficientes para tanto vehiculo y aparte de eso, la cantidad de peajes hacen imposible que se llegue a tiempo a ningun lado en la zona central del país.
A pesar que no llegué a Caracas, me calé dos horas en una cola arrecha. Esto quizá se arregle con un rum rum que se comentan entre algunos circulos de alto nivel, el cual contempla la mudanza del gobierno central a Cabrutas, estado Guárico (7º 38´57" N y 66º15`07" O) pueblito de pescadores situado frente a Caicara del Orinoco y que detenta según el chisme, el mero centro del país. Ahi les dejo eso...

lunes, noviembre 13, 2006

Tata

Ana Eustacia Pérez o Tata, como la llamábamos todos, era la madre de mi abuela materna Emilia. Era una mujer de recio carácter, que supo hasta el final de sus días mantener a discreción a las personas que mantenía a su alrededor. La casa donde vivía es la que está al lado de Teresita Cabrera, y del otro lado la oficina de Aguas de Yaracuy en Cocorote, (local que también sirvió de Farmacia y unos cuantos años atrás, de aula de clases de los terceros grados de la escuela León Trujillo).
Como casi todas las doñas de antaño, tuvo una descendencia abundante ya que alcanzo a tener once hijos, de los cuales sólo sobrevive uno en la actualidad: Juan Pérez.
Recuerdo que estuvimos viviendo por un tiempo en aquella casa, luego de que mi mama se viniera de Puerto Cabello a trabajar al Rodríguez Rivero.
En las noches, había un sin fin de ruidos al que no estábamos acostumbrados como lo eran las ranitas de jardín. Un croar interminable de ranitas que vivían inmersas en los canales de concreto que le hacían a las matas de rosas y otros tipos de plantas para que los bachacos no se las comieran.
Recuerdo que en el patio había una mata de mango de jardín que eran exquisitos, así como también una mata de coco, otra de níspero y otra de tamarindo que nos mantenían ocupados con sus fragantes cargas.
El cuarto donde dormíamos, que está luego de la sala al lado izquierdo, me pareció inmensamente pequeño cuando lo fui a ver unos cuantos años atrás, luego de pedirle permiso a Teresita; mantiene la misma ventana por donde nos llegaban los ruidos y olores del patio.
Tenia Tata un baúl debajo de su cama que a mis hermanos y a mi nos parecía mágico. Siempre lleno de cosas sabrosas; dado su carácter fuerte soportaba nada mas que a mi hermana Mayerling por lo que era ella quien nos repartía lo que Tata disponía. Esta señora murió el 5 de noviembre de 1971.

domingo, noviembre 12, 2006

Toros coleados

Si algo me hace acordar a mi papandres (abuelo) es aquella tarima que nos hizo dentro de la casa para ver a los toros coleados que se montaban en la calle que pasa detrás del cementerio.
La verdad era que dicha calle se presentaba idónea para manga de coleo en las fiestas de San Jerónimo, ya que por su longitud y el hecho de estar junto a la pared del cementerio, alcanzaba para que todos los espectadores pudieran sentarse cómodamente a disfrutar.
Imagínense, tener una tarima desde nuestra casa al frente de los mangos para ver los toros que estaban por allá lejos y de ñapa full de gente.
Por cierto que la hizo apilando los bloques que luego se utilizaron para la construcción de la casita de mamaíta Emilia en el patio de la casa, agolpándolos junto a la antigua y no tan alta pared del patio, la cual le dejaban unos huecos tipo tragaluz cada tanto, al no pegar los bloques en serie y que sirvieron en aquella oportunidad para incrustar los maderos para mantener la tarima bien asida.
Se pensara que no íbamos a ver nada del coleo pero la verdad fue otra. Parte de la estructura de bambú de la manga junto al cementerio se cayó por el peso de la gente en el preciso momento que un toro venia pasando, escapándose en el acto.
A fin de cuentas fuimos en la casa espectadores de primera cuando el toro abandono la manga para ir a trancar del tiro a los propios mangos de Banco Obrero, seguido por un tropel de jinetes que sin la ayuda de la manga aspiraban a atrapar al toro, (al frente de nuestra propia tarima) wipiiiigi je je.
Al final, el toro fue enlazado y vuelto a la manga, no sin antes merecer un largo aplauso, efusivo y temeroso (con los ojos pelaítos) por parte de todos mis primos y hermanos que en ese momento se encontraban en la tarima de mi papandres.

sábado, noviembre 11, 2006

Chupacabras en Cocorote?

Hubo un hecho en Cocorote que marco por siempre las idas a la escuela León Trujillo, desde Banco Obrero. Sucede que entre el barrio Campo Alegre de Cocorote, lugar donde estaba situada la escuela (la misma infraestructura es utilizada hoy día como Jardín de infancia) y el Banco Obrero, existe una acequia que normalmente llevaba agua para regadío en las zonas bajas de Cocorote. Precisamente en el paso de la Acequia, había un pequeño puente con menos de dos metros de alto, que daba continuidad a la calle que une estas dos comunidades. Este puente con el paso de los años, sufrió algunas remodelaciones que permitieron agrandar el ancho de su calzada. Por otro lado, existía en los alrededores de la acequia a ese nivel, una cantidad considerable de árboles de Ceiba y de Cedros colosales que, en virtud de sus dimensiones llenaban esos espacios de una sombra más bien tupida que hacia que las mentes de sus pobladores la llenaran de mitos y cuentos todos ellos infundados. Por cierto que los cedros habían sido sembrados por un inmigrante europeo que vivió en una casa que existió hasta no hace mucho, cuando fue demolida para dar paso a la construcción de otra vivienda (ya de concreto) en la entrada de la actual Urbanización Los Cedros (a una cuadra de la Acequia). Era una casa construida en madera que resistió mal los embates del trópico y que por esa misma razón, añadía cierto misterio al área.
Sumado a lo anterior, vale destacar que a un lado del puente habitaba un señor muy trabajador (siempre lo veía uniformado) que sufría de vitíligo, enfermedad de la piel que causaba entre los pobladores cocoroteños una especie de miedo injustificado ya que se decía que si la persona que sufría esta enfermedad de la piel quería trasmitirla, solamente con el hecho de ofrecer un jugo de frutas (zumo) a una persona era suficiente. (Se supone que el enfermo se pinchaba y colocaba sangre en el vaso que luego la disimulaba con el jugo para trasmitir el “cute” denominación que le daban al vitiligo en nuestro pueblo).
Imagine el lector, la prisa de los infantes al atravesar esta área para ir a la escuela en horas de la mañana y de regreso al mediodía.
Mas adelante, se la pasaban por el lugar algunos personajes que rondaban la Samaría, una bodega (tienda de abarrotes) situada en la siguiente cuadra a la casa del inmigrante donde se vendía entre muchas otras cosas, - aguardiente y cerveza – Obviamente que el sitio era visitado por asiduos empinadores de codo y por supuesto usaban la sombra de la arboleda para ingerir sin problemas, ya que frente a la bodega no lo podían hacer.
Uno de estos personajes era un loquito (me recordé nuevamente de los cuentos de Caribe) que llamaban “Mururito” y por si fuera poco, vivía cerca del área uno de los primeros hipiies cocoroteños que para aquel entonces dizque fumaba marihuana, se trataba de “El Nata” personaje mas bien tranquilo que las madres de los párvulos veían con un horror visceral, a pesar que jamás se metió con niño alguno
Como para ponerle más sazón a la cosa, un frío viernes de enero trascendió algo que definitivamente nos alejo de pasar por los cedros y fue el hecho de regarse la noticia de que, en el puente habían secuestrado una niña de paso al colegio y momentos después la consiguieron sin sangre cerca del lugar. Este cuento me ha hecho pensar algunas veces que también Cocorote fue visitado por el chupacabras, aún cuando en efecto no mordió animal alguno sino una niña. Igual decían que se trataba de un hombre que sufría de una enfermedad y debía tomar cada cierto tiempo sangre joven para seguir viviendo. Sacando cuenta, por aquel entonces cursaba yo primer grado y el año de este acontecimiento fue 1972. De alguna manera el rumbo a la escuela fue cambiado a partir del siguiente lunes, los chamos de Banco Obrero y Libertad utilizaban el callejón allende a los Capdevielle, hasta que la escuela fue dotada de su actual infraestructura al lado de la “hielera” de los Tortolani.

viernes, noviembre 10, 2006

Mi pueblo

Cuando niño, Cocorote era en si un pueblo que llegaba hasta la bodega la Rinconada. Las noches frías y oscuras –dado que los bombillos de los postes eran como de 40 watts - hacían que las mentes infantiles se llenaran de miedos. Todas las noche por Banco Obrero pasaban como a las ocho de la noche, un arreo de burros que venia directamente de donde ahora están los apartamentos: potreros inmensos que otrora se utilizaron para la siembra de tabaco, uno de los principales productos agrícolas de Cocorote del siglo pasado.
Este arreo, guiados por un burro que tenía una campana (el campanero), bajaba al trote la calle que está a un lado del cementerio, luego atravesaban los mangos del estadio Natalio Espinoza para continuar su periplo en pos de la carretera panamericana.
Jamás observé que vehiculo alguno arrollara esos animales. Como era curioso, llegue a correr tras ellos para ver a donde iban a parar. La verdad es que, tomaban rumbo hacia el camino que hoy día es la entrada de San Jerónimo. ¿Por donde subían nuevamente a los potreros de arriba?, no lo se. Siempre los vi bajar pero no subir.
Una vez los espere pacientemente junto a la casa de mi madre y entonces corrí hacia ellos para ver si podía agarrar uno. En efecto uno de los animales traía una soga de bozal, por lo que me decidí a llevármelo a mi casa.
Mamaíta Emilia - mi abuela- al verme llegar con el burro a la casa, pregunto que iba hacer con el, por lo que conteste – voy a vender leche como el muchacho del Cilindro- ah bueno me contestó – y sencillamente espero a que me durmiera para sacarlo del patio.
Esa noche la recuerdo como una de las más felices de mi vida. Pensaba que a la mañana siguiente le diría a mi mamá al llegar de su jornada nocturna como enfermera en el Hospital de San Felipe, que me comprara dos bidones y así comercializar leche (no se de donde). La verdad era que detrás de aquel niño que vendía leche proveniente del Fundo El Cilindro, quedaban las miradas de toda una chiquillada que veían con respeto como se ganaba la vida este muchachito de corta edad, comercializando leche fresca por todo el pueblo con aquel burrito trotador.
La verdad es que llore hasta que me canse cuando a la mañana siguiente no encontré el burro, no pudieron ser ladrones ya que para entonces no existían en Cocorote (Caribe no había nacido) sencillamente era un burro mañoso.
Junto a mi estaba la abuela, consolándome y por otro lado apurándome para llevarme junto a mi hermana a la León Trujillo, aconsejándome que estudiara mejor, porque los que trabajaban con burros, tenían que bregar el doble para ganarse la vida. (que vaina, esto fue sin alusiones personales)

miércoles, noviembre 08, 2006

POBRE CARDENALITO

Con una imagen difusa, se pudo ver por espn2 como el Magallanes dejaba en el terreno a los Cardenales de Lara, una guara el guaro. Por allá al final salio una imagen del juego por Meridiano TV, dando el resultado final: van 11 juegos seguidos que el Magallanes no pierde.

Paciencia

Como apenas estoy comenzando, entonces me permitire hacer algunos cambios para ver que tal queda. Uhff, cuantas cosas hay que hacer y los cuentos a flor de piel.

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Malhaya sea el juez de Aroa, no hay manera de entrar al pueblo. cuando hay que subir lo mejor es tener un burro. porque si te vienes por Albarico los caracoles te hacen llorar de tan mala que esta la carretera y si es por las montañas, la quebrada Taracoa se comio la via. En fin, las únicas vias que siguen en buen estado en todo Yaracuy, son las principales (y esto se repite en los centros poblados). En San Felipe por ejemplo, se puede andar por la quinta (la cuarta y la sexta que estan allende no sirven para nada); en Cocorote la panamericana esta intrasintable hasta Chivacoa y no pasa de alli porque es donde culmina jeje.

por qué se llama así?

Solamente por el hecho de crecer en uno de los ambientes mas emotivos de mi vida

Considere siempre muy dificil hacer los pasos para la creación de un blog, tantos nombres que dar me enredan el alma, ademas ya no estoy para recordar tantos nombres si consideran que, luego de estar tanto años como docente, entonces los nombres y recuerdos se me han trascocado. Si como promedio conozco al menos treinta alumnos por asignatura cada semestre, y mi carga academica son tres asignaturas; entonces, son 180 jovenes que conozco cada año. esa es la razón por la cual la gente bella del magisterio le encanta empinar el codo. Muchos recuerdos.........